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El viaje psicotrópico

Nuestro proyecto nació a partir de una idea melódica, la de unir nuestro viaje a Nápoles con la pasión de todos por la música. Y dentro del panorama musical mundial, no se puede olvidar el Club de los 27; que en común tienen a parte de su indiscutible talento, la edad de su muerte.

En El Noveno Viajero abordamos el viaje desde todos sus puntos de vista posibles. Más allá del sentido rítmico que a todos nos aportaron las canciones que nos acompañan en nuestros días, no podemos descuidar que detrás de tan delirantes historias, se esconde un viaje psicotrópico. En éste, se superan todos los límites de la realidad y lleva a nuestras estrellas a vivir su música de una manera tan peculiar. Entendemos que viajar es ir de un sitio a otro, desplazarse, volar, dejarse llevar, evadirse de la realidad y entrar en otra diferente ¿dónde está la diferencia? Etimológicamente hablando psicotrópico significa “dar la vuelta al alma” podemos afirmar entonces que las drogas son un estimulante que exacerba el sentido de todo lo que uno hace bajo sus efectos. Aunque no ponemos en duda que los artistas tenían un talento innato que les hacía especiales e hipersensibles,  aunque al mismo tiempo frágiles, como ocurre ante cualquier dependencia.

Notas para vibrar

Imagen músicosImágenes de arriba a abajo y de derecha a izquierda: Janis Joplin, Kurt Cobain, Jim Morrison y Amy Winehouse

Conocemos a Amy Winehouse por ser la muerta más reciente, pero también por su vida llena de excentricidades. Por los vaivenes encima de los escenarios que sin tacto los periodistas menos escrupulosos se han encargado de enseñarnos; por las idas y venidas con su ex marido, el cantante Blake Fielder-Civil, también politoxicómano. El crack unió a la pareja y pudo ser el detonante para el declive de una de las mejores cantantes de Blues & Soul de nuestros tiempos. Su conocida bulimia acabó de destruirla y como siempre detrás de tanto exceso hay una infancia difícil, en su caso, un padre dictatorial y una madre de carácter depresivo. En alguna ocasión afirmó: “los locos como yo no viven mucho tiempo, pero viven como ellos quieren”. Sobran las palabras. Seguramente por este motivo, sentía la música de una manera tan personal y se embarcó en el mundo de las drogas, para evitar el dolor que le recordaba su pasado y que se repetía irremediablemente en su presente.

Es de justicia en este sentido citar al padre del movimiento grunge: Kurt Cobain, que nos dejó con un ambiente turbio; con esa sensación de necesitar más de él y de no habernos dado lo suficiente. Todavía no se conocen a ciencia cierta las causas de su muerte ya que, como les pasó a todos los de su especie, se ha especulado con muchos posibles finales que dotan de misticismo a un final destiny fácil de prever. Como anunció con su estilo de vida,  todo apunta a que el suicidio lo liberó de su dolor por vivir en una sociedad que no comprendía. Ni siquiera su hija ni su amada Courtney Love, otra conocida cantante del escenario musical alternativo de su momento, supieron arraigarle en este mundo para él ensordecedor. Declaró: “a veces por muy alto que pongas la música sólo puedes oírte a ti mismo”. Y es que, inevitablemente, vencer tus miedos, tus limitaciones y tus miserias pasa por conocerte, y a eso no se atreve todo el mundo. Ante una niñez complicada le sigue una vida sólo apta para valientes. Decidió viajar, en su caso, para no volver.

De igual forma, todos tenemos la imagen del icónico Jim Morrison en la mente, con esa tesitura elegante que le caracterizaba. Belleza y descontrol se unieron para crear un caótico rock psicodélico y un spoken word que nos sigue embelesando con cada acorde. De padre militar, en su casa se inculcó la conducta disciplinar de la imposición de castigos consistentes en gritos sin azotes: las lágrimas emanaban hasta que se reconocían las faltas. Sea como fuere, talento y horror se mezclaron para crear Riders on the Storm o Light my Fire. Su música impregna nuestra alma del mismo modo que lo hizo la droga en sus venas. Su heroína acabó salvándole de un mundo que le intimidaba y al que él mismo acabó retando a duelo: “un héroe es alguien que se rebela o parece rebelarse contra los hechos de la existencia y parece conquistarlos”. Signo de la rebeldía que propugnaba, es considerado un mito mundial así como el Che Guevara lo es en lo político.

Parece ser que el viaje que prometía la dopamina también enganchó a la reina del blues por excelencia, Janis Joplin. Su manera de sentir, puede o no desgarrarte el alma, pero actúa a menudo como un eco. La adoramos por su autenticidad y por ese grito transgresor que va más allá de ser mujer u hombre; que lo invade todo cuando escuchas sus melodías. Víctima de bulling en su infancia y con un carácter marcado por la desobediencia a unos padres tradicionales, encontró en el ácido y en los movimientos hippies de los sesenta su cuna para ser ella misma y expresarse desde la libertad. Paz y amor, pero sobretodo muchas drogas. En esta filosofía del compartir, de la hermandad, las enfermedades de transmisión sexual se mezclaban con la inconsciencia de disfrutar el momento. El toxicismo de una época de represión, sumado al aroma de la marihuana y a los colores producidos por los tripis, marcaron la efervescencia musical de sus tiempos. Un momento caracterizado por la evasión del presente frente al hastío existencial. La búsqueda del amor llevó a Janis a jugar con todo aquello que la hiciera sentir que pasaba el límite, como por ejemplo su adicción al sexo y al alcohol. Pero en todo caso, esos viajes astrales que le brindaban los alucinógenos, la acabaron separando de su ser. Quizás nunca llegó a amarse, quizás nadie le enseñó lo que era, aunque la armonía de sus partituras se lo trataran de mostrar una y otra vez. Su profundo sentimiento de soledad le llevó a decir: “en el escenario hago el amor a veinticinco mil personas diferentes. Luego me voy sola a casa”.

Sea como fuere, seguimos comprando los vinilos de estos músicos en los mercadillos de segunda mano del mundo entero, ya sea por coleccionarlos o bien por ese afán de resucitarlos los domingos por la tarde en los pocos tocadiscos que todavía funcionan. Los amamos porque ellos han marcado nuestras euforias y desdichas alguna vez, porque su humanidad ha llegado a nuestros corazones con ligera fragancia a melancolía. Los escuchamos infinitamente en nuestro coche mientras exponemos nuestras emociones a altos decibelios. Desengaño, celos, rencor, pasión: lidiamos cada día con ellos porque transgredirlos nos hace más grandes. La música pasa por nuestras entrañas para poder liberarnos en cierta manera, rescatarnos. Conocernos y con el tiempo llegar a comprendernos. Viajamos al oirlos y nos transportamos a su época. Aprendemos nuevas formas de viaje. Estos cantantes junto con otros muchos músicos que conocemos y que forman parte de nosotros de algún modo, nos muestran el camino a su perdición y la gloria de su magistralidad al mismo tiempo. Nos enseñan que se puede viajar “por el placer de viajar” como diría Robert Loius Stevenson, sabiendo cuales pueden llegar a ser las consecuencias.

 

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