Gen viajero

El viaje en los genes

Gracias a la evolución, entre otros factores, la Tierra es como la conocemos hoy en día. Hace 13 500 millones de años tuvo lugar el Big Bang y se creó la materia, hace 4 500 millones el planeta,  y hace 3800 millones de años las primeras formas de vida comenzaron su evolución hasta llegar a nosotros. Entre los 7 y los 5 millones de años, evolucionamos, desde un ancestro en común con los simios, a humanos y apenas hace 4 millones de años el ser humano se convierte en bípedo. Un millón de años después, se descubre el fuego con lo que aparecen las primeras reuniones sociales entre los seres humanos, naciendo con ellas el lenguaje y la comunicación. A partir de la lingüística se divide al hombre en bloques, siendo de particular interés el  homo viator (hombre afroasiático) pues es el que viajó cuando existieron las condiciones necesarias, hace sesenta mil años.

A partir de estos datos que nos recuerda el profesor David Rull en su clase Crónicas y relatos de viajes desde la antigüedad hasta nuestros días —e íntimamente relacionado con el tema principal del máster, el viaje— vale la pena ahondar en un conocimiento científico para hablar de manera breve sobre el descubrimiento del gen DRD4, que combinado con la variante 7R se conoce popularmente como el gen “wanderlust” o el gen “del viaje”, presente en el 20% de la población.

Entre varios estudios y reportajes sobre el tema, un artículo publicado por David Dobbs (2013) para la revista National Geographic, nos habla en profundidad sobre el tema: el gen DRD4 interviene en el control de la dopamina, que se asocia al aprendizaje y a los mecanismos de recompensa y, combinado con la variante 7R, se asocia a la curiosidad y a la inquietud. Otras decenas de estudios revelan que los portadores del 7R son más propensos a riesgos, a la vivencia de nuevas experiencias, a los cambios y a la búsqueda de movimiento y aventura. Incluso estudios en animales revelan que aquellos inducidos con la mutación, presentan un incremento de movimiento y atracción por la novedad.

Tratando de explicar, desde un enfoque biológico, la curiosidad que llevó a la humanidad a salir de África en sus inicios, se han realizado varias investigaciones al respecto. La primera de ellas fue en 1990 por el genetista Chuansheng Chen (1999), quien descubrió que la mutación 7R es más frecuente en las culturas migratorias modernas (por ejemplo la de los amerindios, que migraron del nordeste de Asia a América, o los indoeuropeos, que migraron de la región del mar Negro a Europa) que en aquellas que están más asentadas o estables (como la cultura china). Más tarde, en el año 2011, otro estudio más reciente realizado por Chuansheng Chen (en Dobbs, 2013) reveló de manera específica que la mutación 7R junto con la variante 2R suele estar presente de manera continua en las poblaciones cuyos antepasados recorrieron distancias más largas cuando salieron de África.

Entonces, ¿el gen DRD4-7R es oficialmente el gen del deseo de viajar, como es conocido popularmente? McGeary (en Martinez-Carter, 2015), reconocido profesor de la Universidad de Brown y especialista en genética, considera una exageración atribuirle ese nombre al gen, pues si bien es cierto que algunas personas son más propensas a conocer lo desconocido y a buscar la aventura, este hecho no puede ser únicamente atribuido a un solo gen o a un solo grupo de ellos, sino que debe buscar su explicación en diferentes grupos de genes que contribuyen en múltiples rasgos para generar esa necesidad de explorar.

Sea completamente cierta o no la teoría del gen “wanderlust”, no cabe duda que es muy interesante la asociación que se muestra entre la ciencia —en este caso la genética— y el viaje, tema que se ha venido repitiendo a lo largo de varias sesiones de este máster.

 

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